miércoles, 1 de octubre de 2014

5. Tarde de ficción

A modo de desahogo o desconexión, compartiré de vez en cuando, algún relato o pasaje de ficción. 


Y te miro a los ojos y todavía puedo ver el vacío que sientes en tu interior. Tus ojos, color caramelo con un brillo especial, ese que me hizo enamorarme de ti. Tu nariz, perfectamente redonda. Tus labios, gruesos en su justa medida, que mueren por ser besados. Tu barbilla, masculina, que acompaña a las mejores sonrisas que me regalas todas las mañanas. 




Vuelvo a tus ojos, a pesar de ser preciosos, sigo viendo un atisbo de tristeza y decepción. Lo sé, ha sido duro,  no eres consciente de todo por lo que has tenido que pasar pero aquí estás, conmigo. 

Las personas, porque no se les puede llamar amigos, intentan engañarte, contarte su propia versión que no tiene nada que ver con la realidad, con lo que viviste. Y no sabes a quién creer, ni qué cosas tomarlas como verdaderas. Al principio, confiaste en una persona que lo único que quería era aprovecharse de ti y, aunque lo logró por un tiempo, fuiste inteligente y te distanciaste de ella. 

Yo he estado siempre a tu lado, te he ayudado y apoyado en cada decisión de tu vida, eres mi mejor amigo, ¿cómo no iba a hacerlo? Pero tus ganas de saber más y más te podían, te cegaban. No hacías caso a mis advertencias, a mis consejos. Estabas ansioso por conocer la verdad, aquella que tú viviste pero que ahora no recuerdas.

Es triste despertarse un día y no saber qué ha ocurrido en tu pasado, en acordarse de unas pocas cosas y haber olvidado otras muchas. Era muy triste que me mirases sin saber quién era yo, lo que era en tu vida, lo que tú significabas en la mía. 

El tiempo cura las heridas, o eso dicen, y te ayudó a evocar antiguos pensamientos, esos que estaban escondidos en lo más profundo de tu ser y que habían huido sin motivo aparente. 

Empezaste a recordar, tu día a día, tus amistades, tu trabajo, tus aficiones, tu vino preferido, a mí.
Y me mirabas con una cara de inocencia e incredulidad, mezclada con arrepentimiento de no haberte dado cuenta antes de quien era yo. 

Esa cara me volvía loca y me enternecía a la vez, me daban ganas de abrazarte y besarte hasta que la noche cayese. Y lo hacía. Y era la mujer más feliz del mundo. Y tú me correspondías. 

Las tardes pasaban lentas, abrazados el uno al otro, sonriéndonos. Pidiéndome perdón de vez en cuando por tu despiste. Y yo te perdonaba, cómo no iba a perdonarte, no fue culpa tuya. Y me sonrías con tus ojos. Tu mirada era tan penetrante que no hacía falta que mencionaras una sola palabra. Y un suspiro pequeño salía de mi boca, dejando a mi cuerpo totalmente satisfecho y feliz, tranquilo y en paz. Por fin todo volvía a ser como antes.

Una mañana, con mi café en la mano, estaba leyendo un libro. Me había despertado temprano, no tenía mucho sueño. Leí unas pocas páginas, me asomé a la ventana y vi cómo caían las hojas de los árboles: el otoño había llegado. 

Quise salir al porche, abrí la puerta despacito para no hacer ruido, para no despertarte. Pero tú ya estabas allí, sentado, con la mirada perdida. Y entonces fue cuando miré a tus ojos y me dí cuenta de que habías recordado algo con lo que yo no contaba. Te habías acordado de ella, tu amor de toda la vida. Aquél que te dejó porque no pudo soportar tu situación, no fue valiente y no esperó lo suficiente. 

Un escalofrío recorrió mi espalda. Yo no era ella. Y nunca me podrías querer tanto. Lo sabía, era consciente, esto podría ocurrir en cualquier momento, pero la rutina me había consumido y ni siquiera me había acordado.

Te diste cuenta de mi presencia, me miraste indiferente, no había sonrisa. Quise retroceder, pero ya era demasiado tarde, mis ojos estaban inundados en lágrimas. Me quedé ahí clavada, sin saber qué hacer ni qué decir. Maldiciendo por dentro a esa persona que tanto daño te hizo, que tan poco te valoró y lo mucho que tú la quisiste. Y lo pensé en pasado, porque no quería imaginar que tus sentimientos siguieran vivos.

Te levantaste y te quedaste en frente mía. Me mirabas como si fuese un animal herido: con pena pero sin acercarte por no saber cómo iba a reaccionar. Yo seguí quieta, mis lágrimas cesaron. Quise volver a casa, pero tus grandes brazos rodearon todo mi cuerpo. Ese momento me pareció una eternidad. Sentí tu respiración tranquila. Tus manos firmes en mi espalda. 

Me susurraste al oído que no me preocupase. Una parte de mí se rindió a tu calor y quiso besarte. La otra me hizo levantar la cabeza y mirarte fijamente. No me dio tiempo a parpadear y ya sentía tus suaves labios sobre los míos. Entre besos me decías muy flojito -Te quiero a ti. Te quiero a ti.- 

No hay comentarios:

Publicar un comentario